Prólogo
¿Sabes lo que estás haciendo?
Una voz fría y profunda se había metido en sus pensamientos, mientras caminaba en la oscuridad de la noche, con única compañía de su reloj de bolsillo. Podía escucharse el sonido de sus agujas moverse mientras los segundos pasaban. Un incesante tic tac que nunca paraba.
-Si, lo se.
Andaba entre los árboles, con cuidado de no ser descubierto por personas indeseadas, personas que le hubiesen retrasado en su cometido, en su camino.
¿Y aún así vas a hacerlo?
Pudo escucharse como la voz comenzó a reír de forma burlona.
Eres un gran idiota o demasiado valiente como para ver más allá de tus narices.
Sonrió, no le importaba lo más mínimo lo que pensara aquel maldito ser, ya había esperado demasiado tiempo... demasiado. Estaba decidido, lo tenía todo planeado y solo faltaba una cosa.
-Entonces tú también eres un idiota por estar hablando con otro idiota-le respondió también con burla, saliendo de entre los árboles.
Había llegado a una gran plaza, muy dejada por la mano del ser humano, llena de matorrales y vegetación del bosque que se había adentrado en él estos años atrás. La gran torre del reloj estaba rodeada de enredaderas y su reloj había dejado de funcionar tiempo atrás, justo cuando marcaba las doce.
Tan solo faltaba poner de nuevo en marcha aquel gran reloj.
Haz lo que quieras, pero esta vez no tendré nada que ver.
-Como si necesitara tu ayuda.
De su bolsillo sacó el pequeño reloj, plateado con el grabado de una pica en la tapa, ya muy desgastada y casi invisible. Cogió la corona del reloj, girándola. Al mismo tiempo que las agujas de su reloj se movían, podía escucharse un agudo chirrido de algo oxidado moverse. Al mismo compás que él movía las agujas de su reloj, las grandes agujas del gran reloj comenzaron a moverse de nuevo, después de tanto tiempo.
Hasta que de nuevo las agujas tocaron las doce.
¿Lo sabes verdad? Un juego siempre tiene sus reglas, deberás seguirlas de ahora en adelane... Constantine.
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